Dobry dzień
Me parecía todo tan surrealista, que apenas pude
reaccionar. Así que seguí con Aleksy. Me susurró al oído si quería que nos fuésemos
a tomarnos la última a su casa. Resulta que vivía a dos calles de allí.
Llevaba sin sexo más de lo que me gustaría. Y dado
mi estado de embriaguez, ni me lo pensé. Antes de salir, me acerqué a Raquel y
le dije que me iba con el polaco. Sonrió de una manera pícara, y me dijo “Ya me
contarás”.
Fuimos riendo todo el camino, con el paso
apresurado. Comentando tonterías, por hablar de algo. Giramos una calle, y
había una hilera de adosados dúplex de aspecto moderno. “Aquí es”. Abrió la
puerta y aluciné. Estaba decorado de manera minimalista, pero con muy buen
gusto. Conté tres estuches de guitarra, perfectamente colocadas en una esquina.
Un sofá de cuero negro de diseño, y un equipo de música alucinante.
“Soy muy de rock de los 50”, encendió el aparto y
sirvió dos copas.
“La mía, cortita. Creo que he bebido demasiado” dije
haciendo esfuerzos por vocalizar.
Nos sentamos en el sofá, mientras bebíamos. Empezó a
acariciarme la nuca y a jugar con sus dedos entre mi pelo. Se acercó más y
empezó a besarme suavemente el cuello. Me estremecí tanto, que casi tiro la
copa.
“Dame”, dijo sujetándola y dejándola sobre la mesa.
“No quiero que tengas las manos ocupadas”.
Se colocó de rodillas frente a mí, me agarró con
firmeza de la cadera y me hizo deslizarme al suelo.
Una elegantísima alfombra cubría gran parte del
salón. Al verme en el suelo, solté una carcajada. Él colocó su dedo sobre mis
labios con un gesto de guardar silencio. Comenzó a desnudarme con sumo cuidado,
cómo el que abre un regalo y no quiere que se estropee el papel.
Que se tomara tanto tiempo, hacía que mi excitación
fuese en aumento. Cada vez que sus manos me rozaban, se me erizaba la piel.
Cuando me quitó la blusa, empezó a rozar mis pechos con sus labios, me giró, y
me desabrochó el sujetador con los dientes. Cosa que me hizo reír de nuevo. Una
de mis zonas erógenas más sensibles es justo la zona de la espalda que tapa el
sujetador. Fue una sensación indescriptible.
Siguió besando cada centímetro de piel que estaba al
descubierto. Cada vez con más fuerza, con ritmos alternos, como si de una
síncopa tras otra se tratase. Alternaba mordiscos, besos y caricias con su
lengua. Hacía demasiado tiempo que nadie me excitaba tanto.
Su larga cabellera rubia también formaba parte de la
danza de caricias.
Se sentó sobre mí y me sujetó con un brazo, mis
manos. Con su otra mano me acarició la cara, y justo después, empezó a
desabrocharme el pantalón.
Podía notar su fuerza viril rozándose con mi cuerpo,
mientras me bajaba los pantalones. Podía sentir el tacto de la alfombra bajo mi
cuerpo desnudo. Se levantó, y me observó, con una pícara sonrisa, mientras se
desnudaba.
Yo me retorcía sobre la alfombra mientras lo miraba
mordiéndome el labio inferior.
“Eres la chica más sexy que conozco” Me dijo
mientras se desnudaba. ¡Ja! Y no estaba Mónica para oírlo. He de reconocer que
eso me excitó aún más. Así que sin pensarlo, me giré y me desplacé hacia él a
cuatro patas, con sinuosos movimientos felinos. Me coloqué de rodillas frente a
él, y me introduje su firme miembro en la boca.
El gimió con un tono de sorpresa. No soy nada
sumisa, y me encanta la práctica de una buena felación. Me gusta hacerlo con
calma, con conciencia. Recorrerlo con la lengua de principio a fin. Jugar con
el glande entre mis labios, lamer, succionar, incluso dar pequeños mordiscos
con sumo cuidado en los testículos.
Disfruté muchísimo mirándolo a los ojos mientras
seguía entregada a darle placer oral.
Sólo con observar el rostro de un hombre mientras lo
devoras suave y lentamente, puedes saber hasta lo que le queda para llegar al
orgasmo. Y justo cuando aquello estaba a punto de suceder, se apartó y me
empujó contra el suelo violentamente, arrodillándose ante mí y enterrando su
cabeza entre mis piernas.
He de reconocer que aunque me excitó muchísimo, el
sexo oral, no era su fuerte. Hubo un momento en el que sufrí por mi clítoris y
temí una inminente ablación. Lamió mi sexo con un hambre salvaje, de arriba a
abajo, con un arrebato voraz.
Me miró a los ojos, mientras se limpiaba la boca
empapada con el antebrazo.
“Sube”, dijo mientras me cogía del brazo. Subimos
corriendo los escalones de dos en dos. Tropecé casi al final de la escalera, el
equilibrio no era mi fuerte en esos momentos. Aleksy se rió, y acto seguido me
incorporó, hizo que me apoyara sobre la barandilla, y me penetró con fuerza.
Entre la intoxicación etílica, y el mambo
horizontal, empecé a encontrarme mareada. Demasiado, para lo tranquila que
había empezado la noche. La gymcana sexual acabó en su cama, sobre unas sábanas
blancas y un edredón de lo más acogedor.
Tras ganar tres asaltos orgásmicos, me dormí profundamente. No sé a qué hora fue eso.
La luz que entraba por la mañana me despertó, a lo
lejos se oía a Chuck Berry, y olía a café. No acostumbraba a eso de pernoctar
en casa ajena, porque nunca sabía cómo reaccionar.
Sobre la almohada había una nota: “Dobry dzien, el baño está a tu izquierda, te he dejado
una toalla, por si quieres ducharte. El desayuno está abajo.”
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