Cena y copa

Un par de días después de que partiera Mónica, quedé con Raquel para almorzar.
Fuimos a un italiano y pedimos una botella de lambrusco para acompañar. Estuvo gran parte hablando de los preparativos de la boda, la despedida, el viaje de luna de miel, los invitados, etc… Pero de repente se paró y me dijo que tenía un acompañante perfecto para mí.
“Se te va, Raquel. No pienso ir a tu boda en plan “cita a ciegas”. Esas cosas nunca salen bien.” Dije con rotundidad.
“No se trata de eso, no me has entendido. Mañana por la noche hemos quedado Carlos y yo con otra pareja más, que se casaron el verano pasado. ¿Recuerdas la boda de la playa, a la que llevé la pamela rosa de Mónica? Pues esos, y también viene Aleksy, un amigo de Carlos, es polaco.”
“¿No había un nombre más raro? Ni siquiera sé cómo se pronuncia”.
“Eres lo peor, calla y escucha. Aleksy toca la guitarra en un grupo, es alto, lleva el pelo largo, rubio, está cañón. Y me gustaría que os conocieseis”.
“¿Músico? Definitivamente, estás para encerrarte, Raquelita. Sabes ya mis historias con los músicos. Está condenado al fracaso.”
“No te estoy pidiendo que te cases con él, sólo que te vengas a cenar y lo conozcas.”
Llevaba razón, últimamente, estaba un poco a la defensiva con el tema de querer emparejarme. Ya lo había intentado Luisa, una compañera de trabajo. Incluso Ramón. Y me ponía un poco tensa. Pero accedí.
No quería pensarlo más de la cuenta, pero era inevitable. No me arreglé demasiado, pero tampoco me puse nada que Mónica hubiese querido quemar (le pasa mucho con parte de mi armario). Ella siempre dice que la palabra clave es “sexi”. Y yo, no sé qué narices es eso.
Vaqueros y jersey fino negros, blusa roja, y zapato plano, bolso y labios a juego. Me planché el pelo y me di cuenta de lo mucho que me había crecido. Me quedé mirándome al espejo un par de minutos. Estaba estupenda.
Llegué tarde, para variar. La puntualidad nunca ha sido mi fuerte. Y allí estaban Raquel y Carlos, la otra pareja que no consigo recordar sus nombres y Aleksy. Era altísimo y tenía una larga cabellera rubia mucho más cuidada que la mía. He de decir que no era muy guapo de cara, tampoco feo, era un chico bastante normal. Pero que físicamente parecía un dios nórdico. Era como el primo feucho de Thor. Eso sí, mis amigos saben de lo terrible sapiosexual que soy. Así que si el polaco no tenía nada en la sesera, no había nada que hacer.
Era superior a mí. No podía tener sexo con una persona con la que no tuviese feeling. Si existía conexión…lo demás estaba todo hecho. Pero ya podía tener delante al clon de Ryan Gosling, que si no saltaba la chispa…Nada de nada.
Mónica siempre me repetía, que debía quedarme con quien me hiciese sentir mariposas en el clítoris, y no en el estómago, que eso era hambre. Pero ya os digo, que mis orgasmos estaban íntimamente relacionados con la atracción intelectual que me transmitiera la otra persona. Suena raro, lo sé. Pero qué le hago, lo he intentado en varias ocasiones, pero, o me estoy volviendo muy exigente, o no sé qué está pasando por mi cabeza, o mi clítoris.
La noche trascurrió tranquila pero divertida. Aleksy tenía carrete para rato y además teníamos algunas cosas en común. Además de la música, al chico le fascinaba viajar y los idiomas. Poco más, pero suficiente como para no parar de hablar durante la cena. Vino, conversación, buena comida, me encontraba de lo más cómoda.
La pareja casada, se retiró después de la cena y Carlos propuso tomar una copa en un local rockero cerca de dónde estábamos. Accedimos. He de reconocer, que al emprender el camino hacia el local en cuestión, me noté un poco “achispada”. Risa floja y una desinhibición que no era propia de un estado de sobriedad.
Entramos y pedimos una copa. Aleksy fue al baño y Raquel me abordó:
“Parece que la cosa marcha, ¿no?” “Calla, puta, estoy borracha” Y empezamos a reír a carcajadas.
“Esa risa es inconfundible”. No podía ser. Después de casi ocho años sin vernos, allí estaba. Julio, uno de mis grandes amores de mi etapa de la facultad.
“Menuda sorpresa”, me dijo, “estás guapísima, los años no pasan por ti”.
“¡Madre mía, Julio, parece que hubiesen pasado mil años! ¿Qué tal Celia y los niños?” Sí, Julio me dejó, por Celia, se casaron y tuvieron dos críos. Eso es lo que os comentaba del talismán.
“Pues, estamos en trámites de separación. De hecho, el caso lo lleva el hermano de Mónica. ¿No te lo ha comentado? Me la encontré hará cosa de un mes y le pregunté por ti”
Maldita zorra. ¿Por qué no me dijo nada? En cuanto vuelva se va a enterar…
“No tenía ni idea, Julio, lo siento mucho.”
“No lo sientas, llevábamos años regular. Pero, cambiemos de tema. ¿Sigues bebiendo ron con limón?”
“¡Qué va! Ahora soy mucho más sofisticada, le doy al gin-tonic.”
“Pues espérame aquí, que enseguida vuelvo”
No podía creerme lo guapísimo que estaba Julio ni tampoco lo muy borracha que estaba yo.
Aleksy me cogió de la cintura y me arrastró a la pista. Empezamos a bailar a ritmo de Guns ‘n’ Roses. No podía parar de reír. Nos picamos a ver quién imitaba mejor a Axel Rose. De repente se paró, me miró fijamente, me cogió la cara con sus enormes manos, y me besó.

Sonaron cristales rotos, me giré y vi que era Julio. Traía dos gin-tonics en las manos, y al ver la escena, los dejó caer. Se dio media vuelta, cogió el abrigo y se fue. 

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