Cómo una película de Malick

Mónica alzó la copa y dijo “Hay mucho que celebrar, brindemos”. Mónica era una ejecutiva de una multinacional, y la habían ascendido. Es la mujer más segura que he conocido jamás. Desprende sensualidad y confianza en sí misma por donde pasa. Su larga cabellera castaña, muy cuidada y sus ojos verdes penetrantes eran capaz de convencer a cualquiera de lo que fuese.

“Brindemos, que yo también tengo novedades” dijo Raquel. “¡Carlos y yo nos casamos!”. Todos alzamos las copas, bueno, yo mi cerveza, soy una mujer de costumbres, y brindamos. Abrazamos uno a uno a Raquel y le dimos la enhorabuena. En realidad a mi me dieron ganas de acompañarla en el sentimiento, con una palmadita en la espalda.

Sí, seamos honestos, no soy una persona cariñosa. Y, sí, tampoco me alegraba demasiado la idea de la boda. Y no es que Carlos no me caiga bien, todo lo contrario, es majísimo. Él y Raquel son la típica pareja de revista. Llevaban juntos tres años, cada uno en su casa y con sus respectivas hipotecas. Pero habían decidido formalizar su relación con un papeleo absurdo. Creo que ha quedado claro que no me gustan las bodas…Pero sonreí y le di un abrazo. Me alegraba por mi amiga, y la veía muy feliz.

Entre el ascenso y la boda me acerqué a Ramón y le dije: “¿Tú no tienes ninguna noticia?”, me dio un codazo y me señaló al final de la barra.
Había un chico bastante guapo, visiblemente más joven y con una bonita sonrisa que me saludó. Miré a Ramón y me dijo, que ya era hora de hacer las presentaciones.
El chico en cuestión era Ricardo, compañero de trabajo de Ramón, con el que llevaba saliendo tres meses, pero que aún no me había presentado. Entablamos una breve conversación de lo más neutral y diplomática. Y volví con las chicas para dejarlos con sus arrumacos de adolescentes. Nunca entenderé ese sentimiento de vuelta a la quinceña cuando estás empezando una relación.

Raquel no paraba de hablar de la boda, y Mónica de organizar su despedida de soltera…Yo aproveché, y me fui al baño.
La noche se estaba volviendo intensa, demasiadas noticias juntas…me costaba asimilarlo. Y todo tan de golpe. Me miré al espejo y me retoqué los labios, que de beber a morro la cerveza, habían perdido casi toda su feminidad.

Cuando salí, ya había empezado el concierto. 
Era un grupo que se dedicaban a hacer versiones de grandes éxitos de nuestra edad de oro. La noche mejoraba por momentos (nótese la acidez sarcástica de mi comentario). Así que fui a por mi segunda cerveza. 
Me giré al pagarla y observé la situación, como si de una escena de una película de Terrence Malick se tratase. Me sentía totalmente fuera de lugar. Era una sensación que me acompañaba desde hace tiempo. Quizás desde hace demasiado tiempo.

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