...Son menos.
Me quedé un poco en
estado de shock, no supe cómo reaccionar. Ella entró y se puso a preparar el
pan y a trastear en la cocina.
“En serio, creo que ya he llegado a un límite. No puedo
ir de dura por la vida. Yo tengo sentimientos, ¿sabes? Pero eso parece que no
importa. Mónica, la “ejecutiva agresiva”, “dama de hierro”, “arma letal”,…
Estoy harta… ¡HARTA!”. Se derrumbó sobre la encimera.
“Tranquila, Moni. Ven al
sofá”. Se abrazó a mí llorando. No sabía cómo reaccionar, nunca me había visto
ante tal situación y mucho menos con ella. Ella nunca estaba triste…y ahora estaba
completamente rota.
Cuando se calmó un poco,
bebió un sorbo de café, respiró profundamente y empezó a contarme.
“Sabes bien que eres una
de las personas más importantes de mi vida. Y quizás esto te sorprenda, e
incluso te cause una mala impresión, o hasta te enfades conmigo. No por el
hecho en sí, sino por habértelo ocultado tanto tiempo. Bueno, me dejo de rodeos…Estoy
enamorada de Raquel. Desde hace cinco largos años. Cuando empezó con Carlos,
pensé que sería una más de sus conquistas, sus rolletes,…Pero lo de la boda me
ha matado.”
Mónica y Raquel… me
costó asimilarlo. No lo voy a negar. Más que nada, porque no tenía ni idea de
que a Mónica le gustasen las mujeres. Ella era la típica mujer fatal, que
aplasta corazoncitos con sus taconazos de aguja. Siempre que salíamos juntas,
me sentía invisible. Siempre había sido la ligona del grupo. No había hombre
que no se girase al verla pasar. Y resulta…que es lesbiana.
La miré a los ojos, y le
pregunté si Raquel sabía algo de todo aquello. Negó con la cabeza.
“Mi imagen es muy
importante en mi trabajo. No voy a negar que haya utilizado mi cuerpo en mi propio
beneficio. A mi jefe le encanta un escote y una buena minifalda. Conozco mis
armas y sé cómo usarlas. Si se supiese que me gustan las mujeres…Créeme, todo
cambiaría. No soy lesbiana, soy bisexual. Pero de Raquel me he enamorado. Y
eso, jamás me había pasado. Nunca había sentido algo así por nadie.”
“Entiendo… y a la vez…no
sé qué decirte. Lo que sí sé, es que eso no va a cambiar nuestra relación,
idiota. Por desgracia a todos nos rompen el corazón alguna vez. Imagino como debes sentirte…porque no es
cualquiera...es Raquel.” Tampoco pensé que aquellas palabras fueran a
consolarla. Ni lo pretendía. Sólo quería que supiese, que allí estaba.
“No voy a ir a la boda.
No puedo. Veremos a ver que me invento. Gracias, bonita, por escucharme”.
“No quiero pecar de
frívola, pero…vamos a desayunar. Siempre decimos que las penas con pan…”. Así
es Mónica, se secó las lágrimas y preparó dos bocadillos de jamón. Empezamos a reírnos , le di un achuchón y seguimos comiendo.
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