Funambulista
“No me lo puedo creer…Aunque,
sí te digo la verdad, sabía que volvería a aparecer”. Sentenció Mónica. “Ese
tío es el perro del hortelano”
Me costó mucho el
asimilar que se había acabado, sobre todo cuando no hubo ni razón ni motivo.
Yo, siempre tan racional para estas cosas, no entendía cuál había sido el
problema, el por qué, simplemente, decidió desaparecer.
“El problema lo tenía
él, te lo dijo muy claro, bonita”. “Te lo vuelvo a repetir, es un ni contigo ni
sin ti, nena.”. La verdad es que me da mucho coraje cuando Mónica lleva razón.
Estuve muy enganchada a David, fue breve pero intenso. Y, aunque me moría de
ganas de saber de él, había comprendido que no era bueno para mí.
“No voy a contestar, Mónica.
Y lo estoy deseando. Pero sé lo que va a pasar, nuestra relación fue un bucle continuo
de cafés, conciertos, películas, sexo, ternura y jugar a las casitas. Después
de todo tan idílico, venían las borderías sin sentido, las rayadas, las malas
contestaciones,… Y vuelta a empezar. Estábamos un tiempo sin vernos,
retomábamos el contacto, quedábamos,…y de nuevo la espiral. Me duele, que es lo
que más me molesta de todo, que me duela. Supongo que porque lo quise, lo quise
mucho. Y porque era muy especial. O lo que tuvimos fue especial. Al menos para mí
lo fue. Ahora, la verdad, no sé si quiera qué fue real y qué no.”
Mónica empezó a
aplaudir lentamente, con cara de sorpresa. “Nunca imaginé oírte decir lo que
acabas de soltar por la boca con tanta convicción”.
“No tengo nada claro en
mi vida, sabes que soy caótica de nacimiento, pero lo que no quiero sí que lo
sé. No quiero pasarlo mal por un tío de nuevo. Lo de David me dejó cicatriz. Ni
siquiera puedo volver a escuchar a Sonic Youth sin acordarme de él. Y sé bien
que es inevitable, y que no puedo ir por la calle con una coraza puesta. Pero
en medida de lo posible, lo voy a evitar.”.
“No me acuerdo como fue
la última noticia que tuviste de él. Refréscame la memoria”.
“Fue en aquella fiesta a
la que fui sola y sin ganas. Pero allí luego me encontré con mucha gente
conocida, y con mucho alcohol, demasiado. Aún recuerdo la resaca del día
después. Decidí no pensar, aunque no dejaba de seguir a David con la mirada.
Cruzamos un par de frases muy banales y poco más. Dolía, dolía y escocía. Y de
repente apareció Samuel. Me sirvió de distracción y desahogo cuando le estuve
contando lo mal que me sentía por todo lo de David. Chupitos de whisky
mezclados con litros de cerveza que ya llevaba en mi cuerpo no fue la combinación
ideal. Samu siempre ha sabido escucharme, somos amigos desde hace tanto que ni
me acuerdo. Y no sé aun como, me besó. Al girarme, David había desaparecido.
Fue él quien me había dejado, sin motivo alguno. No sé si nos vio, pero lo
supuse. Al día siguiente, me había borrado de toda red social. Y se esfumó sin
dejar rastro. Y ahora, meses después de aquello, me manda un mensaje”.
“No le des más vueltas.
Todo pasa por algo”.
Seguimos el paseo hasta
llegar al final del puerto. Mónica compró un par de latas de cerveza, y nos
sentamos en unas rocas a brindar por nosotras. Siempre que brindo me acuerdo de
David. No quiero hacerlo, pero es inevitable.
Nos despedimos al rato,
y regresé a casa paseando sola. Tenía ganas de andar. No podía evitar acordarme
de toda aquella historia. Soy experta en darle mil vueltas a todo. Y no paraba
de pensar en qué pretendía David después de tanto tiempo. Aún guardaba sus
regalos de cumpleaños en el canapé de mi cama. Maldita cicatriz.
Porter me saludó como
costumbre al llegar a casa. Parpadeaba la luz del contestador. Mensaje de mi
madre. “No sé nada de ti, hija. A ver si te pasas por casa un rato. Te echo de
menos”.
Me tumbé en el sofá,
mirando al techo. Intentando no pensar. A veces elaboraba complejas teorías en
las que indagaba el por qué no funcionaba ninguna de mis relaciones con los
hombres. La pieza clave, era yo. Algo debía fallar en mi forma de actuar, o de
comportarme. Tenía que ser yo. Aquel mensaje me había hecho recordar demasiado.
Me serví una copa de
vino, llené la bañera, y me puse uno de mis vinilos de jazz. Plan perfecto para
no pensar. O al menos, intentarlo.
Porter se ponía siempre
en el borde de la bañera observándome. Maullaba y giraba la cabeza como
intentando adivinar lo que estaba pensando. Creo que mi gato me conoce mejor
que ningún hombre que haya conocido.
Me sumerjo por
completo, sacando los pies de la bañera. Al sacar la cabeza, todo se había
esfumado. Ese truco siempre me funcionaba. O eso es lo que intentaba hacerme
creer a mí misma.
Como un funambulista
imbatible, leyendo en braille los pasos del siguiente mortal.
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